Estrellas.
Pide perdón y vuelve a tropezar con un transeúnte en la siguiente vereda, se desplaza a la velocidad justa en la que la caminata se hace trote. Busca.
Princesa a los ojos de los demás hace tiempo teme preguntarle a su espejito quien es la más bonita del reino.
De un tiempo a esta parte siente que perdió su aguja en el pajar.
La noche marca tarjeta en el infinito trascurrir del universo y el hielo acumulado en las juntas de los adoquines brilla bajo los faroles dibujando otro cielo.
El siente que apenas si puede arrastrar los pies. Desea llegar a su casa. Cuarteadas las manos, desnutridas de caricias, le arden.
En medio de la noche fría y luminosa ella derrama una lágrima mientras pide un deseo a aquella estrella fugaz que surca el cielo.
En medio de la noche larga y solitaria él cruza sus manos y en un suspiro deja escapar un deseo. Hay una estrella fugaz.
Como de costumbre, al terminar su jornada laboral, antes del regreso a casa, compra algunos víveres. Esta noche de viernes la crueldad del invierno la hace desistir de su costumbre y emprende el regreso por la calle de los toldos. Hace tiempo no toma este camino porque la oscuridad la asusta.
El garrotillo golpea los huesos de los osados caminantes que recorren el trayecto de regreso a sus hogares. Él, como siempre, lo hace por la calle de los toldos porque sus ojos se llevan mejor con la penumbra.
Camina apurada, abstraída. Busca un encuentro. No advierte los pesados pasos de él.
Camina lento, abstraído. Hay un brasero que lo espera en su hogar. Compró carbones para alimentarlo.
Ella lo atropella.
Él derrama toda su carga.
Ella siente vergüenza.
Él siente tedio.
Ella pide perdón.
Él acepta.
Ella ofrece ayuda.
Él la recibe.
Ella roza en un descuido sus manos.
Él olvida los carbones desparramados.
Él la ayuda a ponerse de pie.
Ella agradece.
Él le ofrece compañía.
Ella acepta.
Él quiere detener el tiempo.
Ella quiere que el universo deje de girar.
Él se despide y camina con las manos entrelazadas como quien ruega. Ella sube las escaleras y derrama tantas lágrimas como escalones la separan de su departamento.
Ella ya no le teme a la oscuridad. Él ya no camina lento.
Nadia.